La sonrisa es quizá el gesto más universal de simpatía. Cuando sonreímos tenemos que mover diecisiete músculos del rostro, lo que por sí solo constituye un buen ejercicio gimnástico para la cara. Pero además, la sonrisa no está solo en el rostro, también se refleja en el cerebro. Cuando sonreímos se produce en nuestra mente una descarga de endorfinas, que son esas hormonas maravillosas que reducen la sensación de dolor y provocan placer.Y si todo eso ocurre desde el punto de vista biológico, en el plano social, la sonrisa no es menos importante. Nos acerca a los demás, nos abre puertas y mentes, nos proporciona amigos y nos da las sonrisas de otros.
Hay veces que la sonrisa de mi hija vale un mundo. Y veo que la mía también para ella. Entonces me pregunto, ¿por qué no sonrío más?
Desde aquí propongo un ejercicio para todos, vamos a aumentar nuestra cuota de sonrisas. No importa que estemos en crisis, que haya muchos problemas. Ya sé que no se van a resolver por sonreír pero sí podemos conseguir que nuestra vida y la de los que están cerca sea mejor.
Vamos a sonreír más, los primeros a nuestros hijos. A los que tienen hijos adolescentes y se quejan de las complicaciones de la vida familiar con la entrada de la adolescencia, les propongo que empiecen sonriendo cada día un poco más y que introduzcan unos pequeños cambios en la relación con sus hijos. Seguro que conseguimos ser más felices, aunque solo sea por el efecto de las endorfinas. Foto © Graham Crumb

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