De vez en cuando se escucha en las noticias que unos padres no han podido más con su hijo adolescente y
han cedido su custodia al estado. No es algo excesivamente infrecuente.Hace pocos días precisamente participé en una conversación sobre uno de estos casos. Éramos varios adultos y las expresiones con las que comenzó la charla fueron las más típicas: ¡cómo estarían esos padres para tomar una decisión así! y ¡lo que habrán tenido que aguantar los pobres padres!
Seguimos un rato hablando de ello en ese mismo tono, sobre los pobres padres y lo que habrían pasado para llegar a tomar una decisión como esa. La charla con mis amigos siguió por otros derroteros y abandonamos el tema. Pero unas horas después yo no podía dejar de pensar en la conversación que habíamos tenido. Ni una sola vez habíamos hablado del chico protagonista de la historia. Ni de cómo lo habría pasado y cómo lo estaría pasando él, ni, lo que es más importante, de cómo habría llegado a esa situación.
Que conste que pienso que los padres lo han debido pasar muy mal pero también creo que en la mayoría de los casos los chicos protagonistas de estas historias también lo han pasado mal. Y también creo que casi nunca hay un solo culpable. Pero sobre todo estoy convencida de las bondades de la prevención. De lo importante que es pasar tiempo con los hijos y estar atentos a las llamadas de atención. Un comportamiento conflictivo no empieza de un día para otro, lanza muchos avisos previos. Y detectar esos avisos previos cuando todavía tienen una solución más sencilla puede marcar la diferencia para la vida de los padres pero, por encima de todo, para la vida futura del adolescente.

Comentarios